Siéntate, échate, quédate: ¿el entrenamiento canino es una forma de dominancia?
Resumen
Este ensayo busca profundizar en la genealogía del entrenamiento de perros, centrándose particularmente en el adiestramiento de perros de compañía o mascotas, y su conexión con la dominancia y el control en las sociedades occidentales. Explora cómo algunas teorías sobre la domesticación del perro se correlacionan con las tendencias más populares en el entrenamiento, especialmente aquellas basadas en métodos de coerción y dominancia versus aquellas con un enfoque en el refuerzo positivo. Este ensayo sostiene que dichas teorías han desempeñado un papel en la perpetuación de una estructura política de opresión y control sobre los cuerpos y las mentes caninas. Además, analiza cómo los métodos de entrenamiento de perros contemporáneos evolucionan en respuesta a aquellos profundos cambios que suceden en la manera en la cual entendemos y nos relacionamos con el mundo. A través de un análisis foucaultiano, el documento hace foco en la compleja interacción entre el hombre y el perro, arrojando luz sobre los diferentes tipos de poder de una sociedad. Finalmente, el ensayo sostiene que el entrenamiento canino merece mayor atención en los estudios sobre las relaciones entre humanos y animales, ya que refleja nuestras ideas sobre los perros y sobre cómo nos relacionamos con ellos, además de estar ligado a dinámicas de jerarquía y supremacía humana proyectadas en ellos.
Introducción
Como entrenadora canina recién graduada, la oportunidad de participar en un seminario del famoso etólogo Raymond Coppinger, reconocido especialista en los orígenes, la evolución y el comportamiento de los perros, me parecía surrealista. Volé a San Francisco desde la costa Este para verlo, me senté en la primera fila y tan pronto como comenzó a hablar, percibí que mi esfuerzo maratónico podría haber sido contraproducente. Coppinger, muy consciente de que su audiencia estaba compuesta principalmente por profesionales caninos, comenzó estableciendo la principal diferencia que alimenta la rivalidad entre etólogos, especialistas en comportamiento animal y entrenadores de perros. Mientras que los etólogos buscan responder qué hacen los animales y por qué lo hacen (por ejemplo, ¿por qué ladran los perros?), los especialistas y entrenadores se interesan en lo que los animales pueden hacer (por ejemplo, ¿cómo hacer que un perro deje de ladrar?). Desde ese momento, el entrenamiento canino se tiñó de algo negativo; se volvió una forma de dominancia y control. Diez años después, esa sensación, que aún persiste en mi trabajo como entrenadora y en mi rol de tutora, todavía no he podido superarla.
El entrenamiento de animales, en su amplio espectro, abarca formas más extremas de dominancia y formas compasivas que se enfocan en brindarle a animales no humanos (de ahora en más referidos como «animales») más autonomía y control sobre el ambiente, lo que puede parecer contradictorio dado que la vida de los animales post-domésticos se ve esencialmente caracterizada por la dominancia sobre sus cuerpos, sus deseos, y la libre expresión de su repertorio de comportamiento normal.
En su libro Genealogía de la obediencia, un análisis foucaultiano del poder1que existe en el entrenamiento de perros, JustynaWłodarczyk (2018) sugiere que la industria del entretenimiento ha mostrado un interés académico en revelar aspectos opresivos relacionados al entrenamiento de animales salvajes; sin embargo, el entrenamiento de perros, una práctica mucho más común, se ha mantenido en la esfera del comportamiento animal y los estudios de cognición, y no ha recibido el mismo tipo de atención en las humanidades y las ciencias sociales (a excepción de los filósofos y los propios entrenadores caninos [Haraway, 2016 y Hearne, 1995]).
Para quien no conoce sobre el tema, el entrenamiento de perros puede parecer trivial, pero ciertamente merece una mayor presencia en los estudios humano-animales por una miríada de razones igualmente importantes. Por un lado, pensar en el adiestramiento canino no se trata solo de pensar cuáles técnicas de enseñanza se utilizan, cuáles funcionan mejor o peor y por qué (funcionan mejor o peor), como suele suceder usualmente en la tendencia científica hasta la fecha. El entrenamiento canino representa un terreno fértil para pensar por qué las personas prefieren un método por sobre otro (Włodarczyk, 2018) y qué justifica el uso de dichas técnicas; la justificación del cómo y el porqué los perros deben ser entrenados de cierta forma revela supuestos subyacentes sobre la relación hombre-animal y la naturaleza de los perros (Charles, 2019), al mismo tiempo que intercepta la dinámica de la jerarquía y la dominancia que nosotros, los humanos, tenemos sobre nuestra propia especie, y cómo estas se ven proyectadas sobre los cuerpos caninos (McHugh, 2004). En otras palabras, observar de cerca cómo las personas interactúan con sus perros y cómo se desarrollan las relaciones de entrenamiento (ya sea entre entrenador y perro o entre entrenador, tutor y mascota) nos permite analizar cómo cambian las formas de poder en la sociedad (Włodarczyk, 2018). Por otro lado, tal y como sostiene Haraway (2016), los perros no son un pretexto para otros temas, ni están aquí solo para reflexionar con ellos; están aquí para vivir con nosotros. Los perros son importantes por derecho propio y, por lo tanto, merecen estar en el centro de las actividades humanas en las cuales están inevitablemente involucrados.
Este ensayo tiene como objetivo explorar la genealogía del adiestramiento canino, con un interés particular en el entrenamiento de perros de compañía o mascotas, y su relación con la dominancia y el control en las sociedades occidentales. También examina la relación entre las teorías que intentan explicar la domesticación del perro y las líneas de entrenamiento actualmente más populares, tanto aquellas escuelas basadas en la teoría de la coerción y la dominancia como las basadas en el refuerzo positivo, y cómo todas ellas, de una forma u otra, contribuyen a mantener una estructura política de opresión y control sobre los cuerpos y las mentes caninas. Finalmente, este ensayo explora cómo el entrenamiento canino contemporáneo ha cambiado (o está cambiando) en respuesta a los principales cambios en la interpretación del mundo (Włodarczyk, 2018).2
¿Qué es el entrenamiento canino?
Según el Diccionario de Inglés de Oxford (n.d.), el entrenamiento se define como «el proceso de aprender habilidades especificas necesarias para realizar un trabajo». En la misma línea, otros diccionarios añaden algunas actividades más para las que podría ser necesaria la adquisición de habilidades, como el arte, el deporte o la profesión (Merriam-Webster, n.d.; Diccionario de Inglés de Cambridge, n.d.; Real Academia Española, n.d.). En contraste, el término educación, usualmente usado por el hombre, se define como el proceso de aprendizaje para aumentar el conocimiento y desarrollar las habilidades, pero no dependiente de nada específico (Diccionario de Inglés de Oxford, n.d.;Merriam-Webster, n.d.; Cambridge Dictionary, n.d.). Entonces, la palabra «entrenamiento» connota una práctica sumisa per se. Como señala Włodarczyk (2018), no es sorprendente que en Disciplina y Castigo de Foucault, la palabra entrenamiento se use «cuando se discute la producción de cuerpos humanos dóciles en el régimen disciplinario» (p. 10). Siguiendo la idea del autor, “el entrenamiento nace de las mejoras en la eficiencia (e intensidad) sobre cómo el poder funciona y se ejercita» sobre los demás; en este caso, el poder y el control sobre los cuerpos y las mentes caninas (p. 10). Entonces, como propone Milligan (2017), a los perros no se les enseñan habilidades con el fin de que prosperen como perros, sino que se los entrena para que cumplan con una función y sirvan al ser humano, y eso se ha mantenido más bien estático durante los años, independientemente del método de entrenamiento aplicado.
Como contraparte, aunque la expresión convencional para la práctica de enseñarle a un perro sea entrenamiento, Włodarczyk (2018, p. 6) advierte que el término es un «significante que se une a significados cambiantes», y estos últimos construyen narrativas que no son inmutables. Las historias que estos significados cuentan son cambiantes, al igual que las modalidades de poder de las que emergen. En otras palabras, para mí, el término “entrenamiento” no puede concebirse únicamente como la encarnación del poder soberano sobre los cuerpos caninos, dada su naturaleza mutable que abre camino para mejorar y resignificar el término que se hoy se encuentra indudablemente cargado. Si bien el argumento de Włodarczyk es válido, cabe señalar que hoy en día muchos entrenadores, conscientes de la naturaleza problemática del término, están reemplazando cada vez más su uso con palabras como educación canina, habilidades para la vida o simplemente modificación del comportamiento (véase Ramírez, 1999 y Sdao).
Como expuesto recientemente en una discusión entre profesionales acreditados por la IAABC, la respuesta a este análisis discursivo plantea preguntas como: ¿Qué cosas se deben a sí mismos los entrenadores de perros? ¿Qué se debe a la mejora en la divulgación y la enseñanza, o al acto político de establecer límites y posiciones éticas que frenen la resignificación de los términos y su apropiación por parte de entrenadores que convierten el adiestramiento canino en una práctica de poder opresivo, disfrazada de “falsa bondad” para venderse en un mercado cada vez más competitivo y aprovechar el escaso conocimiento general de los cuidadores de animales de compañía?3
¿Por qué entrenar perros?
Esa pregunta puede parecer ingenua. Después de todo, los perros han existido o han estado entre los humanos durante 32.000 años o más (Ha &Campion, 2019), lo que dificulta no suponer que algún tipo de entrenamiento existió para que se hubiese una relación entre especies. Sin embargo, el misterio de quién entrenó a quién sigue siendo objeto de debate; cada teoría sobre los orígenes del perro doméstico tiene tanto evidencias considerables a favor como en contra; cada hipótesis aborda las ontologías e ideologías de poder que influyen en las actitudes de los humanos hacia los perros. Por lo tanto, la domesticación y el entrenamiento del perro están íntimamente relacionados.
El ancestro que los perros y los lobos tienen en común no está claro, y aunque actualmente existe un consenso de que «todos los perros domesticados descienden de un ancestro común del lobo gris» (Ha &Campion, 2019: 8), hay dos teorías predominantes sobre cómo los lobos se convirtieron en perros (Serpell, 2021): el «modelo de domesticación iniciado por humanos» y el «modelo de auto domesticación». Cada uno de estos merece una mirada más detallada debido a su impacto en el entrenamiento del perro.
Como señala Hurn (2012), «la domesticación de animales ha sido considerada por muchos estudiosos como un ejemplo de control humano sobre los animales que constituyen objetos, posesiones y mercancías» (p 58). A veces conocido como el «modelo de control» (Hurn, 2012), o la hipótesis de adopción de «al mantener el perro como mascota» o la adopción de «especies cruzadas», «esta narrativa se basa en las observaciones antropológicas de los cazadores-recolectores contemporáneos cuidando mascotas, y sugiere que los pueblos paleolíticos se inclinaron de manera similar a capturar, adoptar y criar mamíferos, como el cachorro de lobo, y que este comportamiento habitual de crianza humana en última instancia proporcionó la base para la evolución de un sistema social cooperativo que involucra a ambas especies» (Serpell, 2021, p. 1). El modelo de domesticación ofreció a los humanos un nuevo sentido de poder para sus sociedades; dejaban de estar a la merced de la naturaleza, y junto a ese cambio nace un sentido de derecho sobre los animales y una posición de dominio basada en el control (Hurn, 2012, p.58).
El geógrafo Yi-Fu Tuan (1984) afirma que en un mundo donde los humanos han conquistado la naturaleza, «el sueño de que cualquier animal feroz, al acercarse el hombre, se sometiese dócilmente y, se convirtiese en compañero adecuado puede estar entre las más presumidas aspiraciones humanas» (p. 85). Al principio, el proto-perro tuvo que ser restringido, domesticado y entrenado para poder ser parte de asentamientos humanos y cazar junto a los humanos, sin distraerse con el entorno, y luego cazar, capturar y matar a la presa (Coppinger&Coppinger, 2001) resistiendo la tentación de diseccionarla; luego, el perro doméstico que conocemos hoy necesitó aprender más cosas para despegarse de aquel lobo ancestral, por ejemplo, su apetito insaciable, su promiscuidad, sus preocupaciones olfativas, sus hábitos de aseo y su hostilidad para con extraños; todos comportamientos considerados normales para ellos (Serpell, 2008). El perro que hoy llamamos mascota, «si va a ser aceptado en un hogar bien administrado, debe aprender a ser inmóvil, a ser tan discreto como un mueble»; un perro bien entrenado se sentará inmediatamente cuando se le ordene, comerá solo cuando se le ordene, y obedecerá la orden «echado» y permanecerá en esa posición hasta que su amo lo libere (Tuan, 1984, p. 107). Si el perro hace lo contrario, no solo significa que es desleal e insubordinado, sino que es una regresión a su naturaleza de lobo, y su amo debe dejarle claro quién está a cargo forzándolo a la sumisión (Serpell, 2008). Después de todo, lo que está en juego son millones de años de historia de control y obediencia.
Un aspecto interesante del modelo de «control» es que encaja impecablemente en las opiniones del siglo XIX sobre el adiestramiento canino, y más tarde encuentra una correspondencia perfecta en la desacreditada «teoría de la dominancia» (véase Schenkel, 1967; y Mech, 2008), que no solo fue la base del adiestramiento canino del siglo XX, sino que también se encuentra presente en algunas corrientes contemporáneas.
Por otro lado, dado el giro reflexivo en las ciencias sociales y las nuevas observaciones sobre las relaciones entre humanos y animales en la vida doméstica actual, varios autores ahora proponen reemplazar el término domesticación, que hace referencia a al modelo hombre-animal, por un término que define a los animales como agentes activos en el proceso de aliarse con los humanos, dando así lugar a una historia de atracción mutua entre especies que se complementan (Hurn, 2012). En esta misma línea, la otra narrativa con respecto a la domesticación del lobo, que es predominante en la literatura actual, es lo que Hurn (2012) llama el modelo de “auto domesticación”, también conocido como la hipótesis del “carroñero comensal” o “basurero” (ver Lorenz, 2018; Coppinger&Coppinger, 2001; Ha &Campion, 2019; Serpell, 2021), que propone lo siguiente:
«Los lobos se domesticaron invadiendo antiguos asentamientos humanos en busca de restos animales y otros desechos comestibles desechados por los cazadores-recolectores. Con el tiempo, la tolerancia de los humanos dio una ventaja selectiva a los lobos más audaces y menos temerosos, que luego se separaron de la población ancestral a medida que se adaptaron al nuevo nicho como carroñeros. En algún momento del proceso, los humanos también comenzaron a reconocer los beneficios de vivir con lobos que residían en lugares cercanos y eran semidomésticos, ya sea como guardias o como compañeros de caza, consolidando así la relación” (Serpell, 2021, p. 1).
Si la hipótesis del «cuidado de mascotas» alude a un sentido de poder en donde el hombre domina sobre el perro, el modelo de «auto domesticación» asume la relación entre el hombre y el perro como una simbiosis en lugar de dominancia (véase Serpell, 2021; Budiansky, 2001; Hurn, 2012).
Esta idea de que la relación entre humanos y animales domesticados, como los perros, nació de una atracción mutua entre dos especies que se beneficiaban de interactuar superando los costos, ha sido referida por muchos académicos como un «contrato de animales domesticados» (Hurn, 2012). Como sugiere Armstrong, describir esta relación como contractual “difiere fundamentalmente de una visión simplista de blanco o negro, ya sea una relación de confianza o de dominancia”, tal como señalan autores como Tim Ingold (2010, p. 177). En cambio, «las nociones de confianza y reciprocidad están en el centro del contrato social», donde tanto los humanos como los animales son agentes activos que toman decisiones, una creación de comportamiento compartida, llamada «devenir mutuo» (Birke et al., 2004, citado por Armstrong, 2010, p. 179), en el que todos los seres involucrados moldean su comportamiento a partir de las interacciones sociales bilaterales que sostienen, dando lugar a una reciprocidad fundamental (Armstrong, 2010). La domesticación, entonces, no constituye un ejemplo de control humano (dominancia) sobre animales que son vistos como objetos esencialistas, ni fijos ni maleables; es un proceso de acción interna y reciprocidad entre seres vivos con capacidad de acción por voluntad propia (Armstrong, 2010).
Con esto en mente, ¿podría concebirse también el entrenamiento canino como una relación contractual? Como argumenta el renombrado entrenador Ken Ramírez (1999), en pocas palabras, el entrenamiento es enseñar; los humanos enseñan a los animales cómo vivir en sus nuevos entornos; los animales nos buscan para muchas de sus necesidades, y los humanos deben aprender a proporcionarlas. Por lo tanto, el entrenamiento implica experiencias compartidas, un «devenir mutuo», y objetivos entre el entrenador y el animal. Sin embargo, para que este «devenir mutuo» en la experiencia de entrenamiento tenga lugar, Ramírezenfatiza que el entrenador debe saber por qué está entrenando, y los objetivos más importantes para el entrenamiento son siempre aquellos que proporcionan un beneficio directo al animal entrenado, como el ejercicio físico, la estimulación mental y el comportamiento cooperativo.
Cabe destacar que Ramírez forma parte de un movimiento de formación contemporáneo que sitúa las necesidades del animal en el centro de su trabajo. Esta es una tendencia que está ganando cada vez más adeptos dentro de las llamadas sociedades occidentales y que sustituye el concepto de dominancia por una experiencia de reciprocidad entre especies. Sin embargo, el control humano, que aún sigue gobernando todos los aspectos de la vida canina, es una parte presente aun difícil de ignorar.
Como contraargumento a la idea de la relación humano-animal en términos contractuales, Claire Palmer (1997) señala que los “aspectos clave del contrato social y el contrato entre hombre y animal domesticado son fundamentalmente diferentes: ya que el contrato animal no se crea por individuos iguales; no es ventajoso para todos los animales y depende básicamente de la idea controvertida del consentimiento tácito, o de un contrato hipotético de carácter abstracto”, de modo que es imposible saber si los animales elegirían celebrar este contrato si tuvieran la opción de hacerlo (p. 421). En este sentido, el concepto de consentimiento es discutido y puesto en práctica en el entrenamiento canino actual basado en el refuerzo positivo, pero el consentimiento solo puede darse dentro de un marco normativo previamente establecido por los humanos. Los perros no pueden elegir si quieren ser entrenados en primer lugar; solo una vez que están dentro de la experiencia de entrenamiento pueden elegir si participar o no, una elección que, además, siempre está limitada por una gestión ambiental meticulosa que, idealmente, los lleva a elegir lo que el humano prefiere.
El término simbiosis que aparece en el concepto de la relación humano-perro y contrato social entre especies es discutible porque en sí no es un concepto terminado y, por lo tanto, plantea ciertas preguntas: ¿Es realmente equitativa la relación simbiótica entre humanos y perros? Para los ecologistas, las relaciones simbióticas se pueden definir en cuatro formas básicas: comensalismo, mutualismo, parasitismo y amensalismo (Coppinger y Coppinger, 2001)4. Aunque el mutualismo (equitativo), la idea de beneficio mutuo para ambas partes involucradas, se ha asumido como el tipo de relación que existe entre los perros y las personas, los Coppinger (2001) discuten que la relación a menudo no es lo mejor para los perros y, en otras ocasiones, la presencia de perros tampoco representa un beneficio para los humanos. Hay millones de perros en todo el mundo hurgando en los basureros de los pueblos en los que viven o deambulan. Aquí la relación es más de comensalismo, donde los perros se benefician de la proximidad a los humanos, mientras que las personas obtienen poco o ningún beneficio de los perros.
Como señala Milligan (2017), cualquiera que sea la narrativa que aceptemos, ya sea el modelo de «control» o el de «auto domesticación», «nuestra relación con los perros como los conocemos hoy puede haber surgido de injusticias en el pasado y de una dominancia sobre especies cuya capacidad de resistencia no era rival para las astutas artimañas humanas» (p. 4). Aunque nos decimos a nosotros mismos que entrenamos a los perros teniendo en mente que es lo mejor para ellos, la realidad es que los entrenamos para que encajen en nichos especiales dentro de nuestro mundo de maneras que sean convenientes, divertidas o funcionales para nosotros (Milligan, 2017). Se puede decir, entonces, que tenemos una deuda histórica con los perros. ¿Puede el entrenamiento canino servir como medio de pago para saldarla?
Breve genealogía del adiestramiento canino
El nacimiento de la dominancia
Profundizar en la historia del adiestramiento de perros es una tarea difícil. Aunque no hay manuales de entrenamiento antiguos, sabemos que en el período romano, «los humanos ya sabían que el entrenamiento temprano era muy importante en la cría de un animal para que este sea de utilidad» (Clutton-Brock, 2008, p.18). De hecho, entre 127 y 116 B.P., el agricultor romano Marcus Varro «registró consejos sobre el entrenamiento y la cría de cachorros para ser utilizados para el pastoreo» (Burch & Bailey, 1999, p.11). La evidencia sugiere además que en 55 B.P., «los ejércitos romanos marcharon hacia el campo británico acompañados por los perros de sus conductores» (Burch y Bailey, 1999. p.11).
Burch y Bailey señalan que «a pesar de que el instinto jugó un papel importante en la capacidad de los perros de trabajo de la época, no hay duda de que tenían algún entrenamiento», y que los cazadores, pastores y agricultores que necesitaban su ayuda para llevar a cabo ciertas actividades se convirtieron en los primeros entrenadores de perros simplemente porque tenían que hacerlo (p. 11).
Entre los años 1700 y 1800 se llevaron a cabo las primeras exposiciones caninas en Gran Bretaña. Se trataba de competiciones informales de razas deportivas y se celebraban en ferias y tabernas de los condados, lo que aumentó su popularidad entre la gente del pueblo, extendiéndose también en los Estados Unidos de América (Burch & Bailey, 1999; Gray, 2018). Así, el entrenamiento se concibió como el acto de quebrar al perro, y su práctica era rara, por lo que no fue hasta la segunda mitad del siglo XIX que el adiestramiento de perros de compañía realmente cobró impulso (Włodarczyk, 2018). Dicho impulso coincide con el período en que científicos como Iván Pavlov, Edward Lee Thorndike y John B. Watson descubrían sobre los principios que sentaron las bases que luego darían lugar a las teorías modernas del comportamiento y el aprendizaje en el siglo XX, como el conductismo radical de B. F. Skinner.
En la década de 1850, surge el entrenamiento canino organizado tanto en Gran Bretaña como en los Estados Unidos. Los primeros eventos caninos eran competiciones deportivas que incluían solo razas de caza, pero el interés popular generado por la práctica del entrenamiento canino pronto se extendió al ámbito de los perros de compañía (Burch & Bailey, 1999; Gray 2018). Como sugiere Ritvo (1987), en este siglo, como lo es ahora, algunas mascotas realmente fueron concebidas como parte de las familias humanas. Sin embargo, en el otro extremo de la escala afectiva, las relaciones entre algunos animales de trabajo, como perros y caballos, y sus dueños se parecían mucho a las relaciones entre servidores y sus empleadores (Ritvo, citado por Greene, 2002).
Esta dicotomía reflejaba la preocupación victoriana por el dominio social y evidenciaba ansiedades relacionadas no solo con la separación entre especies, sino también con diferencias raciales, de clase y de género. Los animales, y el adiestramiento canino como corolario, se convirtieron en un campo donde el estatus social, la disciplina y el imperio podían ser disputados y resueltos (Ritvo, 1987, citado en Greene, 2002; Włodarczyk, 2018).
Por un lado, se intentaba establecer al entrenamiento canino como un oficio respetable entre la burguesía ascendente, y para llegar a eso, la práctica de enseñarle «trucos» que imitasen comportamientos humanos a un perro se usaba para justificar una retórica de un esfuerzo civilizador (Włodarczyk, 2018). En este sentido, las relaciones de poder que formaron el tejido social de esta época trascendieron en el adiestramiento canino. Basándose en conceptos foucaultianos, Włodarczyk (2018) señala que dicho siglo (XIX) fue algo así como un período de transición en el entrenamiento de animales de los modos de poder soberano al poder disciplinario, dando lugar al poder social. La ideología victoriana de la bondad y la gentileza no se preocupaba tanto por los métodos; de hecho, el castigo físico se aplicaba comúnmente, pero debía usarse con moderación y no en el calor del momento, ya que se percibía un vínculo entre la crueldad hacia los animales y la corrupción del carácter (Charles, 2019). El hecho de alejarse del castigo físico como una forma de ejercer el poder no se trató tanto de una sociedad más moderna y civilizada sino de una nueva expresión de poder del hombre blanco sobre los sujetos incivilizados y el cuerpo de los animales. La modalidad de poder social se caracterizó por “operar sobre el alma del individuo”, para que el público se convenciera de que el beneficio del proceso de adiestramiento se encontraba en el hecho de que entrenar al animal lo elevaba, dotándolo de ciertas capacidades cuasi humanas, como la inteligencia y la lealtad, mejorando su estatus dentro de la jerarquía de la creación (Włodarczyk, 2018). Cabe señalar que se usaba el concepto de sagacidad para describir a la inteligencia canina en el siglo 19; el perro sagaz fue el que demostró una subordinación obediente a su amo, por lo que, según Ritvo (1987), la sagacidad sirvió para reforzar el dominio de los humanos sobre los animales (Ritvo, citado en Włodarczyk, 2018).
Al mismo tiempo, los perros y su adiestramiento se utilizaron como expresión de división social. Mientras que en Gran Bretaña las mascotas de los pobres funcionaban como chivos expiatorios a las cuales se les acusaba de comportarse tan mal como quienes los habían liberado (Ritvo 1987, citado por Włodarczyk, 2018, p. 11), en los Estados Unidos, el entrenamiento de perros de caza se veía como una actividad del hombre blanco de clase alta, que iba de la mano con las restricciones a la propiedad de perros por parte de esclavos en el sur y la asociación de afroamericanos con ciertos tipos de perros que servían para estigmatizar tanto a humanos como a perros (Włodarczyk, 2018).
En los primeros años del siglo XX, el entrenamiento canino se construyó sobre una modalidad disciplinaria basada en el poder que, en cierta medida, sigue estando muy presente en algunas corrientes del adiestramiento contemporáneo. El adiestramiento de perros estaba profundamente vinculado a aquellos perros de trabajo, particularmente los militares, la policía y los perros guía para ciegos, y a la profesión del entrenador masculino. Como sugiere Włodarczyk (2018), este fue un período en el que el entrenamiento se usó como herramienta para redefinir la masculinidad y como una alegoría de la conquista del hombre sobre la naturaleza: el perro, entendido como lobo doméstico, necesitaba ser subyugado físicamente en una escena que representaba el coraje y la valentía del entrenador ante la peligrosa empresa de dominar y domesticar a la bestia salvaje (Charles, 2020).
Por otro lado, un aspecto interesante de este período es que, mientras que en Europa la mayoría de los entrenadores eran militares o policías, entre los que estaba el destacado Konrad Most, el entrenamiento canino y su enfoque conceptual de la dominancia humana y la sumisión canina se hicieron populares en Estados Unidos gracias a dos discípulas: Helene Whitehouse Walker y Blanche Saunders, quienes fueron fundamentales en el nacimiento de las competiciones de obediencia de perros mascotas (Burch & Bailey, 1999; Gray, 2018; Włodarczyk, 2018).
En la segunda mitad del siglo, aquellos métodos de entrenamiento que habían sido desarrollados para competiciones se terminaron filtrando dentro del mundo de perros de compañía, donde la gobernabilidad se volvió cada vez más importante a medida que crecía dicha población canina dentro de zonas urbanas (Charles, 2020). Esta tendencia se conjuga con la prevalencia de la «teoría de la dominancia» desarrollada en la década de 1930 gracias Rudolph Schenkel y su estudio sobre el comportamiento del lobo, el cual impone el concepto de «lobo alfa» (Mech, 2008; Despret 2018). Dado que en las décadas de 1950 y 1960, quienes estaban involucrados en el entrenamiento canino continuaban viendo al perro como un lobo domesticado, los entrenadores entonces terminaron adoptando la idea de que para entrenar a un perro era necesario asumir la posición del alfa, incluido el uso de «reglas de manada» para reforzar una posición dominante sobre los perros (Eaton, 2008). Entonces, mientras que el poder disciplinario y los métodos de dominancia, represión y castigo físico seguían siendo muy populares en escuelas de entrenamiento y en los hogares, sobre todo luego de la diseminación de la teoría de la dominancia en 1960, creada por el especialista en lobos David Mech, y de los métodos de entrenamiento coercitivos de Bill Koehler, surge paralelamente una nueva categoría de entrenamiento basada en las ciencias del comportamiento canino y el aprendizaje animal (Burch & Bailey, 1999; Eaton, 2008; Gray, 2018; Despret 2018).
Ya en la década de 1980, la comprensión científica del aprendizaje animal adoptó un lugar central del entrenamiento canino, y los entrenadores comenzaron a adoptar ampliamente los principios del conductismo radical de Skinner (Włodarczyk, 2018; Charles, 2020). El conductista veterinario Ian Dunbar llegó a la escena británica del adiestramiento canino impartiendo seminarios en los cuales explica la terminología operante y cómo los conceptos conductuales específicos se relacionan con los problemas de comportamiento canino (Burch y Bailey, 1999). Dunbar había desarrollado un método de entrenamiento basado en el refuerzo positivo, el cual usaba comida como recompensa para atraer a los perros a realizar diferentes tipos de comportamiento, método que se popularizó gracias a su programa de televisión Dogs with Dunbar (Burch & Bailey, 1999; Gray, 2018). Al mismo tiempo, en los Estados Unidos, la científica y entrenadora de mamíferos marinos Karen Pryor publicaba su libro Don’t Shoot the Dog, en el que tradujo los principios del condicionamiento operante, con especial énfasis en el uso del refuerzo positivo, e introdujo el método de entrenamiento con clicker al público no especializado, cambiando radicalmente el mundo del entrenamiento canino (Pryor, 1999; Burch & Bailey, 1999; Ramirez, 1999; Gray, 2018). Irónicamente, el conductismo de Skinner, el cual había sido criticado como mecanicista porque concebía al sujeto como un receptor pasivo, y como operacionalista porque era una ideología al servicio del poder que concebía la psicología como una ciencia natural y empírica que buscaba generar conocimiento libre de sesgos subjetivistas (Donaldson, 2005), a fin de cuentas proporcionó una tecnología que permitiría conceptualizar el entrenamiento exento de dolor y de castigo, lo que permitió redefinir la práctica no como una forma de dominancia animal, sino como un proceso de construcción de la relación humano-perro, que estaba mucho más en línea con las preocupaciones éticas de la sociedad de posguerra y el llamado «giro animal»5 (Włodarczyk, 2018; Charles, 2020).
El resurgimiento de la dominancia y el nacimiento de la dependencia y el control afectivo
Desde las últimas décadas del siglo XX hasta la actualidad, las tendencias en el entrenamiento canino se han vuelto más ambiguas, al igual que las conceptualizaciones y las expectativas sociales sobre los perros que estas reflejan. Por un lado, surge un creciente interés científico de los entrenadores en comprender las especificidades del comportamiento canino, la forma en que los perros se comunican (véase Rugaas, 2006) y el uso de las estrategias menos intrusivas y mínimamente aversivas para enseñarles (véase Pryor, 1999; Donaldson, 2005; y Ramírez, 1999); una nueva ética que considera ante todo el bienestar del perro, sus motivaciones individuales y emociones. Por otro lado, aunque hoy en día sabemos mucho más que generaciones previas de entrenadores sabían sobre los comportamientos, las necesidades, las sensibilidades, las capacidades emocionales y cognitivas, e incluso la vida moral de los perros (ver Bekoff, 2009), las viejas tendencias se resisten. Entonces, a medida que las escuelas de entrenamiento para profesionales y para tutores de perros proliferaban en Europa y los Estados Unidos, también lo hacían los programas de televisión protagonizados por entrenadores como Cesar Millan, quien aduce tener habilidades extrañas para resolver problemas de comportamiento canino de índole común. Paradójicamente, ambas corrientes consideradas las más populares en el mundo del entrenamiento canino actualmente no podrían ser más irreconciliables, pero cabe preguntarse si realmente son las dos caras de una misma moneda.
El problema con algunas inconsistencias actuales no es solo debido al resurgimiento de la teoría actualizada de la «dominancia», la cual fue desacreditada por David Mech en 2000, quien inicialmente la defendía, ni el uso del castigo y la fuerza como una forma de someter al perro, sino la velocidad y la proporción con la que el dueño promedio se adhirió a estas narrativas. En su libro, The Culture Clash, la entrenadora Jean Donaldson (2005) atribuye la baja aceptación de las interpretaciones realistas del comportamiento del perro al antropomorfismo:
“Queremos que (los perros) sean inteligentes, moralmente ‘buenos’. Muchos cínicos ven a los perros como superiores a las personas en su lealtad y honradez. En contraste, el modelo conductista, por muy superior que sea, no se ha popularizado porque reduce a los perros a dispositivos de entrada y salida. Nuestro temor es que si aceptamos este punto de vista, estaríamos despojando a los perros de su condición de humanos de honor” (p.10).
Si bien es un punto válido, se podría refutar que el éxito de las ideas que Millán pregona es que encajan demasiado bien con nuestro sentido de dominio humano. Como sugiere Fudge (2008), la subordinación del perro nos da una seguridad a nivel psicológico en un mundo de inseguridades; este animal nos asegura que, pase lo que pase fuera del hogar, dentro del mismo los humanos somos los dueños absolutos de nuestros propios dominios.
No obstante, ¿dicha sensación de dominancia está realmente por fuera de la corriente de entrenamiento basada en el refuerzo positivo? Por su parte, Milligan (2007) argumenta que, si bien este modelo ha genuinamente desplazado las formas de castigo físico, es en cambio un modelo ablandado en lo que respecta al ejercicio de poder porque los perros son ahora sobornados con premios que son contingentes a aquello que el entrenador le pide o a los deseos del propietario; aun siendo considerado más positivo, el entrenamiento con sus bases en el refuerzo positivo ha fomentado cierto nivel de autorreflexión sobre el ejercicio del poder. Como se mencionó anteriormente, los cambios que vemos en la modalidad de poder dentro del entrenamiento canino deberían leerse como un incremento en la eficiencia del funcionamiento del poder, y no como una característica humanitaria de la sociedad. En este sentido, Włodarczyk (2018) discute que el entrenamiento basado en el refuerzo positivo implica alejarse del control disciplinario y dominante, pero no alejarse totalmente del control, que ella denomina como control afectivo. En otras palabras, es un modo de generar la «experiencia emocional» del poder, una fantasía de amor y devoción mutua entre la especie humana y la canina, que no es solo una expresión de amor, sino un esfuerzo por influir en aquello que el perro quiere o desea (Włodarczyk, 2018). Dentro de este modelo de control, los perros, que ya son cariñosos por naturaleza, pueden ser entrenados para proporcionar afecto en respuesta a una señal verbal (Hart, 2008). Como resultado, hay algo en el fenómeno del afecto que los humanos tienen por sus mascotas y la necesidad que tienen de retribución afectiva que permanece permeado de una dominancia ligeramente humillante, que no siempre se puede separar del afecto (Tuan, 1984; Milligan, 2017).
El futuro del entrenamiento canino
Como hemos visto anteriormente, el entrenamiento canino ha sufrido grandes transformaciones, aunque no han sido de forma lineal o progresiva. Wlodarczyk (2018) sostiene que en las últimas décadas del siglo XX, el entrenamiento canino ha comenzado a “experimentar lo que se conoce en la academia como el ‘giro animal’: una preocupación éticamente motivada por la alteridad animal” (p. 23). Con el tiempo, el entrenamiento de perros se fue alejando del enfoque basado en la enseñanza de valores cívicos en beneficio de los humanos y ha puesto en el centro los deseos y la satisfacción de los perros. En consecuencia, este tipo de entrenamiento implica una transformación, no tanto del perro sino una transformación de su humano (Wlodarczyk, 2018, Charles, 2020). Recientemente, hemos visto una proliferación de actividades, como clases de socialización para cachorros, entrenamiento de habilidades para el día a día, manejo cooperativo y sin miedo, y trabajo olfativo orientado al perro, en las que el humano sirve más como mediador y que a veces se ve obligado a dejar de lado sus expectativas y seguir los deseos de su perro (Sdao, 2012; Wlodarczyk, 2018). Como señala Haraway (2016), el entrenamiento ha dejado de ser un proceso unidireccional, para pasar a ser uno bidireccional y con una intersubjetividad en la que tanto hombres como animales se adaptan, formando una nueva entidad como resultado de la experiencia de entrenamiento.
Conclusión
Este ensayo ha buscado explorar los aspectos problemáticos de la práctica del entrenamiento canino y su interconexión con el dominio y control humano sobre los cuerpos y mentes caninas, incluso en aquellas corrientes que han abandonado permanentemente el uso de la intimidación y la coerción como método de enseñanza. Como hemos visto anteriormente, el entrenamiento, y las modalidades de poder que encarna, ha sufrido múltiples cambios que no siempre se pueden leer de manera lineal o progresiva. De hecho, no importa cuántos contratiempos o cambios haya sufrido el adiestramiento canino, siempre parece encontrarse ante el mismo obstáculo. Mientras que los objetivos y metas de la educación del hombre han evolucionado de acuerdo a las necesidades y aspiraciones de las estructuras políticas y sociales de la sociedad que la sostiene, mutando de un sistema de educación autoritario a uno en donde, como sugiere Paulo Freire, anula la opresión y se enfoca en una pedagogía de autonomía fomentada a través del pensamiento crítico instaurado a sus alumnos, el entrenamiento canino siempre se ve obstaculizado por el problema de la dependencia animal. Como afirma Milligan (2017), por mucho que socialicemos o entrenemos perros, por muy positivos o éticos que sean los medios que utilicemos para enseñarles, el objetivo del entrenamiento nunca será formar criaturas socialmente iguales, ni prepararlas para un estado post dependiente, como es el objetivo de la educación del hombre. Por el contrario, muchos perros altamente entrenados a veces parecen tener más dificultades para tomar decisiones si no son validados previamente por sus entrenadores/tutores a través de una señal verbal o una recompensa en forma de comida. El entrenamiento nos da la ilusión de que estamos creando perros más autónomos con un mayor control sobre el entorno en el que operan, pero ese entorno siempre estará sujeto a las reglas y disposiciones humanas. En consecuencia, la dominancia y el control del hombre arraigado al entrenamiento canino parece ser un problema ineludible.
Aunque actualmente se están produciendo cambios en algunos círculos de adiestramiento canino que parecen ir en la dirección correcta, como un «giro animal» en el que la animalidad del perro ya no se ve como algo a reprimir, sino como una cualidad deseable (Włodarczyk, 2018), y en los que la preocupación por los deseos y preferencias del perro, como individuo y como especie, se coloca por encima de las necesidades del hombre, la práctica de entrenamiento todavía está en deuda con los perros, y los entrenadores de perros deben transmitir esta información a los tutores. Cabe preguntarse si esta deuda se debe al hecho de que los adiestradores más “progresistas” no han sido capaces de transmitir este discurso de manera efectiva, o a una reluctancia por parte de los tutores que encuentran en la visión del hombre dominante y el perro sumiso una sintonía más apropiada con una ideología prevaleciente de la psique humana, que la doctrina de entrenamiento basada en la dominancia y la coerción ha utilizado hábilmente en su beneficio.
Referencias
Armstrong, O. K. (2010). Between trust and domination: Social contracts between humans and animals. World Archaeology, 42(2), 175-187. https://doi.org/10.1080/00438241003672724
Bekoff, M. & Pierce, J. (2009). Wild justice: The moral lives of animals. The University of Chicago Press.
Budiansky, S. (2001). The truth about dogs: An inquiry into the ancestry, social conventions, mental habits, and moral fibre of canis familiaris. Penguin Books.
Burch, M., & Bailey, J. S. (1999). How dogs learn. Turner Publishing Company.
Cambridge Dictionary. (n.d.). Education. In Cambridge Dictionary. Retrieved December 31, 2023, from https://dictionary.cambridge.org/dictionary/english-spanish/education
Cambridge Dictionary. (n.d.). Training. In Cambridge Dictionary. Retrieved December 31, 2023, from https://dictionary.cambridge.org/dictionary/english-spanish/training
Charles, N. (2019). Mutual Knowledge, Power, and Pleasure in Dog Training. Society & Animals, 28(1), 105-109. https://doi.org/10.1163/15685306-00001928
Clutton-Brock, J. (1977). Man-made dogs. Science, 197(4311), 1340-1342. https://doi.org/10.1126/science.197.4311.1340
Clutton-Brock, J. (2008). Origins of the dog: Domestication and early history. In J. Serpell (Ed), The domestic dog: Its evolution, behaviour and interactions with people. Cambridge University Press.
Coppinger, R., & Coppinger, L. (2001). Dogs: A startling new understanding of canine origin, behavior & evolution. Scribner.
Czerny, S. (2012). Dogs don’t speak: A consideration of the flow of knowledge between dogs, anthropologists and humans. Narodna Umjetnost: Hrvatski Časopis za Etnologiju i Folkloristiku, 49(1), 7-22. https://hrcak.srce.hr/84960
Despret, V. (2018). ¿Qué dirían los animales si les hiciéramos las preguntas correctas?. Cactus.
Donaldson, J. (2005). The culture clash. James & Kenneth Publishers.
Eaton, B. (2008). Dominance in dogs: Fact or fiction?. Dogwise Publishing.
Fudge, E (2008) Pets. Routledge.
Fruh, K., & Wirchnianski, W. (2017). Neither owners nor guardians: In search of a morally appropriate model for the keeping of companion animals. Journal of Agricultural & Environmental Ethics, 30(1), 55-66. https://doi.org/10.1007/s10806-017-9653-z
Garrett, S. (2011). What is ‘ruff love’ really? http://susangarrettdogagility.com/2011/04/what-is-ruff-love-really/
Gray, S. A. (2018). A short history of dog training. Animal Wellness Magazine. https://animalwellnessmagazine.com/history-dog-training/
Greene, A. (2002). Book review: The animal estate: The English and other creatures in the Victorian age by Harriet Ritvo. Environmental History, 7(4).
Ha, J. & Campion, T. (2019). Dog behavior: Modern science and our canine companions. Academic Press.
Haraway, D. (2016). Manifiesto de las especies de compañía. Sans Soleil Ediciones.
Hart, L. (2008). Dogs as human companions: A review of the relationship. In J. Serpell (Ed.), The domestic dog: Its evolution, behaviour and interactions with people. Cambridge University Press.
Hearne, V. (1995). A taxonomy of knowing: Animals captive, free-ranging, and at liberty. Social Research, 62(3), 441-456. https://www.jstor.org/stable/40971104
Hurn, S. (2012). Humans and other animals. Pluto Press.
Ingold, T. (2000). Perception of the environment: Essays on livelihood, dwelling and skill. Taylor & Francis Group.
Irvine, L. (2004). Pampered or enslaved? The moral dilemma of pets. The International Journal of Sociology and Social Policy, 24(9), 5-17. https://doi.org/10.1108/01443330410790740
Lintner, M. M. (2020). The need for an animal ethics turn in animal husbandry. Landbauforschung, 70(1), 17-22. https://DOI:10.3220/LBF1590334788000
Lorenz, K. (2018). Cuando el hombre encontró al perro. Tusquets Editores.
Malamud, R. (2013). Service animals: Serve us animals: Serve us, animals. Social Alternatives, 32(4), 34-40. https://search.informit.org/doi/10.3316/informit.115664669205513
McHugh, S. (2004). Dog. Reaktion Books.
Mech, D. L. (2008). Whatever happened to the term alpha wolf? International Wolf, 17(3), 15–19. International Wolf Center. https://www.wolf.org/wp-content/uploads/2013/09/AlphaStatus_English.pdf
Merriam-Webster. (n.d.). Education. In Merriam-Webster. Retrieved December 31, 2023, from https://www.merriam-webster.com/dictionary/education
Merriam-Webster. (n.d.). Training. In Merriam-Webster. Retrieved December 31, 2023, from https://www.merriam-webster.com/dictionary/training?utm_campaign=sd&utm_medium=serp&utm_source=jsonld
Milligan, T. (2017). The ethics of animal training. In Overall C. (Ed.) Pets and people: the ethics of companion animals, Oxford, United Kingdom, Oxford University Press. Kindle/ e-book on line.
Oxford Dictionary of English. (n.d.). Education. In Oxford Dictionary of English. Retrieved December 31, 2023, from https://www.oed.com/search/dictionary/?scope=Entries&q=education
Oxford Dictionary of English. (n.d.). Training. In Oxford Dictionary of English. Retrieved December 31, 2023, from https://www.oed.com/dictionary/training_n?tab=factsheet#17897078
Palmer, C. (1997). The idea of the domesticated animal contract. Environmental Values, 6(4), 411-425. https://doi.org/10.3197/096327197776679004
Pryor, K. (1999). Don’t shoot the dog! Bantam Books.
Pryor, K. (2009). Reaching the animal mind: Clicker training and what it teaches us about animals. Sunshine Books.
Ramírez, K. (1999). Animal training: Successful animal management through positive reinforcement. Shedd Aquarium.
Real Academia Española. (n.d.). Entrenamiento. In Real Academia Española. Retrieved December 31, 2023, from https://dle.rae.es/entrenamiento
Ritvo, H. (1987). The emergence of modern pet-keeping. Anthrozoös, 1(3), 158–165. https://doi.org/10.2752/089279388787058425
Ritvo, H. (2007). On the animal turn. Daedalus, 136(4), 118-122. https://doi.org/10.1162/daed.2007.136.4.118
Rugaas, T. (2021). When, where and how do dogs sit? http://en.turid-rugaas.no/sit.html
Rugaas, T. (2006). On talking terms with dogs: Calming signals. Dogwise Publishing.
Salzman, P. C. (2002). On reflexivity. American Anthropologist, 104(3), 805-811. https://doi.org/10.1525/aa.2002.104.3.805
Schenkel, R. (1967). Expressions studies on wolves. Behaviour, 31(1–2), 37–84.
Sdao, K. (2012). Plenty in life is free: Reflections on dogs, training and finding grace. Dogwise Publishing.
Serpell, J. (2008). From paragon to pariah: Some reflections on human attitudes to dogs. En J. Serpell (Ed.), The domestic dog: Its evolution, behaviour and interactions with people. Cambridge University Press.
Serpell, J. A. (2021). Commensalism or cross-species Adoption? A critical review of theories of wolf domestication. Frontiers in Veterinary Science, 8(662379), 1-10. https://doi.org/10.3389/fvets.2021.662370
Smuts, B. (2001). Encounters with animal minds. Journal of Consciousness Studies, 8(5-7), 293-309. https://www.ingentaconnect.com/content/imp/jcs/2001/00000008/F0030005/1213
Tuan, Yi-Fu (1984). Dominance and affection: The making of pets. Yale University Press.
Włodarczyk, J. (2018). Genealogy of obedience: Reading North American dog training literature, 1950s-2000s. Brill.
Footnotes:
- Un análisis foucaultiano del poder es un enfoque para comprender cómo funciona el poder dentro de la sociedad, basado en las ideas del filósofo francés Michel Foucault. Una de las ideas clave de Foucault es el «poder disciplinario», donde el poder se ejerce a través de la vigilancia y la normalización, influyendo en el comportamiento y dando forma a las acciones de los individuos.
- Cabe señalar que este documento no discutirá si la práctica humana de tener perros como mascotas es moralmente aceptable o no, ni examinará las diversas corrientes que defienden la institución del cuidado de mascotas o aquellas que abogan por su abolición. Si bien debe reconocerse que una discusión seria sobre el adiestramiento de perros requiere una reflexión exhaustiva sobre este dilema ético, ese sería un tema para otro ensayo.
- Reconocimiento por la contribución de Marisol Dacasa-De la Lanza, entrenadora de perros acreditada por la Asociación Internacional de Consultores de Comportamiento Animal (IAABC-ECA/IAABC-ADT).
- Para Coppinger y Coppinger (2001) la relación simbiótica comensalista se refiere a una que es buena para una especie pero no hace nada por la otra. La relación mutualista es la simbiosis que beneficia a ambas especies por igual y a menudo se supone que es la relación que existe actualmente entre perros y humanos. La simbiosis parasitaria define la relación entre dos especies coexistentes en la que un organismo obtiene un beneficio a expensas del otro. Finalmente, la relación amensalística es la coexistencia en la que una especie perjudica a otra, a menudo sin saberlo y sin beneficiarse a sí misma (p. 26-28).
- El «giro animal» en las ciencias sociales se refiere a un cambio en la investigación académica que enfatiza la importancia de los animales y sus roles en las sociedades, culturas y entornos humanos. Surgió en respuesta a un creciente reconocimiento de la importancia de las relaciones entre especies y las dimensiones éticas, culturales y ecológicas involucradas en las interacciones humano-animales.
COMPARTIR